estratégica, el mariscal ordena, en los meses de septiembre y octubre, la
retirada de los franceses que habían invadido los estados de Nuevo León,
Coahuila, Chihuahua y Sonora.
Los contingentes mandados por Jeanningros salieron de Monterrey
y Saltillo, tomando el camino de San Luis Potosí; la brigada que estaba al
mando del general Brincourt abandonó el estado de Chihuahua
llevándose consigo aquellos que cándidamente habían aceptado fungir
como autoridades; en Sinaloa las fuerzas francesas también abandonaron
el estado con excepción del puerto de Mazatlán y, por último, en Sonora
evacuaron las ciudades de Ures y Hermosillo, reconcentrándose en
Guaymas.
Desafortunadamente, antes de abandonar Sonora, participaron en
un acontecimiento por demás lamentable: "El Gral. Rosales, que se había
visto obligado a salir de Álamos, volvió en agosto sobre esta ciudad,
ocupada por los imperiales y atacó con el brío que le era característico.
Derrotado con pérdida considerable de sus fuerzas, pereció víctima de su
arrojo".
1
Enterado de la retirada de los franceses de Chihuahua, Juárez
escribe una emotiva carta a don Bernardo Revilla a fines de octubre, en
que invoca a Dios, deseando que "las demás poblaciones de la República
tengan la misma suerte".
Numerosos militares, principalmente algunos de alta graduación, a
pretexto del avance de los franceses y de que no era posible desarrollar
alguna acción masiva contra ellos, se trasladaron a los Estados Unidos
sin permiso ni licencia del gobierno, si bien declararon, con frecuencia,
no reconocer el régimen imperial.
Como al mismo tiempo el Gral. González Ortega se preparaba para
regresar al país a reclamar el puesto de Presidente de la República por la
fuerza, parecía que muchos de esos militares emigrados podían actuar de
acuerdo con él; por lo que el gobierno, sin hacer referencia a este
segundo punto, expidió el 28 de octubre un decreto en el que establece
1
José María Iglesias,
Revistas Históricas sobre la Intervención francesa en México,
México, 1966, p. 710.