anterioridad comandante militar del estado, para que con la
columna avanzara por San Sebastián, amagando al citado Cerro
de las Campanas; al general Sóstenes Rocha para que con su
columna
concurriera
al
punto
donde
fuera
necesaria
su
cooperación.
La noticia de la toma de La Cruz por los ejércitos
republicanos, cundió entre los sitiados, causándoles un pánico
horroroso; omito ciertos y determinados detalles que, aunque de
importancia, no son del caso en esta exposición.
Parte de aquellas tropas, quizá sin atender a la voz de
mando de sus jefes y oficiales, se desbandaba presentándose en
masas desordenadas en la línea de sitio; el resto, en confusión,
mezcladas la infantería y caballería con la artillería y sus trenes, se
dirigía en tropel hacia el Cerro de las Campanas, en donde se
encontraban ya los generales Mejía y Castillo y el archiduque que
a pie se había salido de La Cruz al ser ocupada, según se me
había comunicado.
Al amanecer el día 15, las fuerzas republicanas que
guarnecían las alturas del Cimatario descendieron de la colina y
asaltaron la Casa Blanca, todavía defendida tenazmente por los
imperialistas. De igual suerte las que guarnecían los puntos frente
a la Alameda, Calleja, garita México, Pathé y la extensa línea de
San Gregorio y San Sebastián. En seguida dispuse que en los
puntos tomados permaneciera el ejército sin que entrara en la
plaza ningún cuerpo, porque así lo tenía ordenado, con excepción
de la columna mandada por el general Vélez que había avanzado
hasta ocupar el Convento de San Francisco y la brigada que
mandaba el coronel Julio M. Cervantes, que había recibido
órdenes para que ocupara la plaza y se dedicara exclusivamente a
dar garantías a las familias e intereses, evitando con todo afán,
hasta el más ligero desorden, para lo cual se le autorizaba,
en caso
necesario, a que empleara las medidas represivas que creyera
convenientes.
A las seis de la mañana quedó ocupada la línea interior de