allí combinó con los Juárez, los Arriagas, los Matas, los Ceballos y los
Arriojas, el plan que, en días menos desgraciados, hicieron triunfar
Álvarez, Degollado y Comonfort, contra la tiranía clérico-militar.
Vuelve Ocampo a la República; la confianza justificada del decano
de la independencia lo llama al consejo de representantes y, en seguida,
al ministerio. Propone su programa que era el mismo que, gracias a Dios,
vemos ya triunfante; es combatido por el ministro de la Guerra y
entonces, como otras cien veces, la toga cede a las armas; Ocampo
declara que aquella época no es la suya y se retira a su finca rústica.
Viene el Congreso Constituyente y, profundamente disgustado del
curso de la política, regresa a su domicilio en donde permanece hasta que
la voz de la suprema autoridad legítima, lo lleve a ser su primer
consejero.
Aquí empieza, señores, una odisea: Guanajuato, Guadalajara,
Colima, Panamá, La Habana, Nueva Orleáns, Veracruz, México, Pomoca
y Tlaltengo son el principio, la escala y el término de los trabajos del
mártir de la democracia mexicana. Referir una a una todas las peripecias
de este período que ya se cerró para siempre, sería fatigar vuestra
atención; básteme decir que en todas partes, que en los lances más
críticos de la serie no interrumpida de vicisitudes de la vida de Ocampo,
él fue siempre el mismo: el hombre del deber; se hubiera quebrado mil
veces, no se habría doblado una sola.
La vida toda y el carácter de Ocampo, están compendiados en la
pintura que Horacio nos dejó del hombre justo; ni la gritería del pueblo
pidiendo una maldad, ni el ceño de un tirano amenazador, ni una borrasca
deshecha, ni el rayo mismo de Júpiter, eran capaces de apartarlo de su
deber; si el orbe se hubiera desplomado, sus ruinas le hubieran herido
impertérrito.
En Ocampo había dos hombres: el público y el privado. El primero
era inflexible, justo, severo hasta rayar a veces en descortés; el segundo
era jovial, expansivo y sobre todo benéfico. Él era considerado como la
divinidad tutelar de Pomoca y sus alrededores, jamás la indigencia se
acercó a Ocampo sin retirarse socorrida y satisfecha. Hablar de la
probidad de este esclarecido ciudadano, sería insultar sus manes.