mandé que los zuavos llegasen hasta el pie mismo de la altura, para que
no siguieran expuestos a los fuegos de enfilada del fuerte.
La disposición del terreno no me permitió abrir bastante brecha y
como, por otra parte, carecía de material de sitio necesario para destruir
la fortaleza de Guadalupe, resolví intentar un ataque a viva fuerza. Los
zuavos, prontos a lanzarse, habían llegado hasta la mitad de la cuesta;
envié
a
buscar
cuatro
compañías
de
cazadores
de
infantería,
prescribiéndoles que treparan las pendientes por la izquierda de los
zuavos, de modo que dividieran la defensa del enemigo. Ordené al
mismo tiempo al regimiento de infantería de Marina, a los fusileros
marinos y a la batería de montaña, que apoyaran al 1° batallón de zuavos
que ocupaba la derecha y tomé un batallón del 99º de línea para
remplazar, como reserva, detrás de nuestras columnas de ataque, a la
infantería de Marina y a los fusileros marinos.
Mientras se ejecutaban estos movimientos, una sección de
ingenieros partía con cada columna de ataque, llevando consigo tablas
provistas de escalones clavados y de sacos de pólvora destinados a volar
la puerta del reducto. La artillería montada se esforzaba, en vano, por
abrirse paso para trepar a la altura y aproximarse al fuego.
Dada la señal, los zuavos y los cazadores acometieron con la
inteligente intrepidez tradicional en estos dos cuerpos; hicieron lo que las
tropas francesas solas saben hacer: llegaron soportando un fuego terrible
de artillería y fusilería, de metralla y balas rasas, hasta los fosos del
fuerte; algunos consiguieron escalar el muro sobre el cual fueron
muertos, a excepción del corneta de cazadores Roblet, que permaneció
durante algún tiempo en él tocando paso de ataque. Pero el convento
fortificado de Guadalupe que se me había descrito como una posición de
escasa importancia, estaba armado con diez piezas de a 24, sin contar con
los obuses de montaña colocados en las plataformas y en los
campanarios;
tres
líneas
aspilleradas
sobrepuestas
habían
sido
establecidas con sacos de tierra colocados en los terrados; lo menos 2,000
hombres mandados por el general Negrete, estaban encerrados en el
fuerte con una artillería bien servida.