exceptúan los pocos lugares que las armas francesas mantienen sujetos y
oprimidos. Pero es tan limitado y tan incierto, a fuer de odioso y
combatido el poder que se arroga al invasor en nuestro suelo, que no
puede dilatarlo un palmo de tierra más allá de sus fuertes militares, por
más próximas que estén a ellos otras poblaciones, obedecen como el
resto de la nación a las autoridades de México en uso de su soberanía y
por el voto libre de sus ciudadanos tuvo a bien colocar al frente de su
administración interior. En fin, la línea misma del puerto de Veracruz a la
Ciudad de México, línea que debiera ser cierta y segura para el ejército
enemigo, está cortada incesantemente por las tropas nacionales.
Pero, aunque esta línea no fuera ni siquiera disputada por nosotros
y, aunque los franceses hubieran logrado cumplir el propósito que han
hecho traslucir, de extender la influencia de sus armas a 20 leguas en
contorno de la Ciudad de México, todavía lo que hubieran sometido a su
poder sería una fracción del país, incomparablemente menor que el resto
animado por su vitalidad propia y decidido no tan sólo a sostenerla, sino
también a recuperarla en los puntos donde se ha interrumpido por el
triunfo de la fuerza sobre el derecho, sobre los sentimientos más nobles y
sobre el valor mismo.
Así las cosas, difícil sería por demás al infrascrito calificar la
empresa que acaba de acometer en la antigua capital de la República el
general en jefe del ejército invasor. Porque, luego que ocupó la Ciudad
de México, pensó que era llegada la hora de dar por destruido y
aniquilado el gobierno de la federación y de instituir otro a su placer y
por su propia autoridad, para que la nación toda le prestase cumplida
obediencia.
Nombró, pues, unos 35 sujetos para que ellos, a su vez, eligiesen
un triunvirato encargado del Poder Ejecutivo y nombrasen 215
individuos, con título de notables a quienes encomendó que fijasen la
forma de nuestro gobierno. Pronunciáronse éstos por la monarquía,
eligieron para emperador a S. A. R. el príncipe Maximiliano de Austria y
declararon que el gobierno provisional tomase el nombre de regencia.
Si se consideran simplemente esos hechos como tales y se deducen
tan sólo sus consecuencias prácticas y efectivas, resultará que hay en la