guardo y los recuerdos de mejores días que me unen tan íntimamente a
usted y a ese común amigo relajan toda mi energía y la convierten en
la debilidad de devolverlo sano y salvo, sin la menor palabra de odiosa
recriminación.
La prueba a que usted me ha sujetado es gravísima, porque su
nombre y su amistad constituyen la única influencia capaz, si las
hubiera, de arrastrarme a renegar de todo mi pasado y a romper con
mis propias manos el hermoso pabellón, emblema de las libertades e
independencia de México. Habiendo podido contestarla, puede usted
creer firmemente que ni los más crueles desengaños, ni las mayores
adversidades, llegarán a ocasionarme la menor vacilación. He hablado
a usted casi exclusivamente de mi persona, pero no porque olvide a mis
ameritados compañeros de armas, ni a los heroicos pueblos y estados de
oriente, que tantos sacrificios han sufrido por la defensa de la
república. No cabe poner en duda la lealtad de tan dignos militares, ni
la opinión pública pronunciada altamente y convertida en hechos
decisivos en Tabasco, en Chiapas, en Oaxaca y aun en Veracruz y
Puebla. Como usted sabe, los dos primeros han arrojado a los imperiales
de su seno; el tercero no les permite dar un paso en su territorio y, en el
cuarto y quinto, una extensa zona mantiene el fuego de la guerra.
¿Cree usted que yo podría sin traicionar a mis deberes, disponer de su
suerte tan sólo por asegurar la mía? ¿Cree usted que no me pedirán y
con razón estrecha cuenta de mi deslealtad y que no sabrían sostenerse
por sí mismos, o confiar su dirección a otro más constante y cumplido
que el que los abandonara? Así, pues, ni por mí, ni por el distinguido
personal del ejército, ni por los pueblos todos de esta extensa parte de
la república se puede creer en la posibilidad de un avenimiento con la
invasión extranjera, resueltos como estamos, a combatir sin tregua, a
vencer o morir en la demanda por legar a la generación que nos
remplace la misma república libre y soberana que heredamos de nuestros
padres.