osadía sin ejemplo para hablar de las cosas más santas, renovaos en la
fe, asid con todas vuestras fuerzas, para cooperar a una restauración
religiosa, los preciosos documentos de vuestra educación cristiana;
escuchad atentos y dóciles la palabra de vida que baja de la tribuna
sagrada para combatir los errores y los vicios, afirmar la fe, sostener
y consolidar la virtud; entrad en un examen serio acerca de vuestro
último fin, de las condiciones esenciadísimas para alcanzarle y de
vuestra situación presente relativamente a ellas.
Si acaso la terrible tentación de la época turbulenta por donde
hemos pasado todos, os ha hecho faltar a vuestros deberes católicos,
complicaros en los despojos sacrílegos, en las injusticias consumadas
contra la hacienda ajena, en las ruinas de la reputación de vuestro
prójimo, corred a las piscinas sagradas, arrojad la pesada carga del
pecado a los pies del ministro de la penitencia, reparad los escándalos e
injusticias a imitación de Zaqueo y la salud y la paz entrarán en
vuestra casa.
Y vosotros a quienes el padre de familias ha colocado en el
escogido gremio de la nueva Leví; vosotros, ministros del santuario,
que después de adquirida la doctrina de los libros y la práctica del
ministerio, habéis atesorado la ciencia de la tribulación en los terribles
golpes que acabáis de recibir, vosotros podéis ejercer un influjo de
primer orden y en cierta manera decisivo, con vuestro celo. No sois
llamados a desarrollar vuestra acción en la escala política, desempeñando
los empleos del estado civil, ni jamás, gracias a dios, el clero mexicano
ha tenido pretensiones de ejercer esta clase de influjo, ni autorizado con
su conducta las declamaciones de la prensa enemiga. Vuestra misión es
más elevada e incomparablemente más trascendental. Elegidos por dios
y por los hombres, elegidos para una vida toda de actividad y labor,
toda de utilidad y de provecho, para dar a dios el culto debido, ilustrar
el espíritu con la fe, aplicar a la conciencia la ley divina, extirpar los
vicios, formar las virtudes y poblar el cielo; elegidos para desarrollar
sobre el pueblo fiel todo el influjo de un ministerio que ha civilizado al
mundo y de cuyo provechoso ejercicio depende la suerte de la misma
sociedad, vosotros, sin el influjo de los grandes talentos, sin los